Bienvenidos a la página del Semillero Humanista de la Universidad Santo Tómas, aquí podrán encontrar todo tipo de información que permita enriquecer sus conocimientos sobre la Psicología Humanista y la Psicología Transpersonal.
Muchos son los caminos que se han construido en torno al estudio psicológico del hombre y cada uno de ellos ha surgido en un contexto especifico, respondiendo a sus problemáticas y necesidades. Pero esto no ha sido un desarrollo lineal ni acumulativo; por el contrario, está constituido por contraposiciones, similitudes, retornos, refutaciones y respaldos, todo respecto a métodos, teorías, planteamientos, técnicas y demás aspectos de la disciplina psicológica.

viernes, 28 de octubre de 2011

Una Concepción Humanista del Hombre


Muchos siglos antes de que comenzara la era actual, un salmista se había preguntado: ¿qué es el hombre? Aún hoy día estamos tratando de buscar una respuesta adecuada a esta urgente interrogante.
La filosofía griega creó una imagen del hombre centrada en la virtud y la razón: el hombre alcanzaba la virtud a través del uso de la razón y siguiendo sus demandas. El pensamiento cristiano le añadió los conceptos amor pecado. El Renacimiento introdujo los aspectos de poder y voluntad, plasmando la imagen política del hombre. Los siglos XVIII y XIX racionalizaron el interés de los hombres por la propiedad, las cosas y el dinero. La imagen freudiana de la primera mitad del siglo XX enfatizó el aspecto impulsivo, irracional e inconsciente del ser humano, y la psicología conductista puso el acento en la presión que ejercen los factores ambientales.

El estudio del hombre puede ser realizado desde muy diferentes ángulos y perspectivas complementarios entre sí. Su riqueza resulta siempre inagotable y desafiante. Nuestro enfoque es uno, el psicológico, que tratará de incluir todo lo que es humano, pero haciendo énfasis en aquellas dotes y características que mejor distinguen al hombre.
La psicología del siglo XX ha seguido, básicamente, tres orientaciones: la psicoanalítica, la conductista y, más recientemente, la humanista. Señalaremos la génesis de las dos primeras y trataremos de presentar una caracterización más detallada de la tercera, con el fin de esclarecer la naturaleza del objeto que estudia la psicología y sentar, con ello, la base para poder examinar, más adelante, el nivel de adecuación de la metodología, los procedimientos y las técnicas utilizadas para ello.
El hablar de una concepción "humanista del hombre" no es una tautología, pues hay en circulación concepciones del hombre que no son humanistas y, ni siquiera humanas, sino más bien robóticas, zoológicas y hasta ratomórficas, ya que ésos han sido los modelos descriptivos referenciales, reduciendo lo humano a algo que es inhumano.

Concepción newtoniana del hombre

Al hablar de la concepción newtoniana, como más adelante, de la darwiniana, es necesario aclarar que Newton y Darwin se convirtieron, a través de la historia, en simples epónimos; pues así como Marx, al oír hablar a los marxistas, dijo que él no era marxista, y muchos han dicho, con razón, que Cristo no era cristiano ni Gotama budista, igualmente resulta cierto que Newton no tenía una concepción "newtoniana" del hombre.
En su concepción del hombre, Newton era, muy probablemente, un escolástico. En sus escritos sobre teología Newton acepta dos mundos: el natural y el sobrenatural; el natural está regido por leyes físicas y el sobrenatural, al cual pertenece el hombre, está gobernado por un cuerpo diferente de leyes. Pero los discípulos de Newton redujeron ambos mundos a uno. Quizá, el esfuerzo más clásico haya sido la admirable obra de La Mettrie, L'homme machine (1748), que intenta reducir los fenómenos psíquicos a los fenómenos concomitantes de las leyes físico-químicas que rigen en el organismo.
Sin embargo, quien tendió el puente entre el mundo físico newtoniano y las ciencias humanas fue John Lockeque fue un gran admirador de Newton. Efectivamente, Newton publicó su obra más famosa, Principia Mathematica, en 1687. En ella reduce la naturaleza física a cinco categorías fundamentales: partículas materiales, existentes en un espacio tiempoabsolutos, puestas en movimiento por una fuerza determinada. En 1690 –tres años más tarde–, Locke publica su Essay Concerning Human Understanding, en el cual trata de hacer con la mente humana lo que Newton había hecho con el mundo físico: Locke concibe la mente humana como una realidad compuesta de partículas (las ideas) que existen en un espacio y tiempo determinados y que se funden, amalgaman o cambian por la acción de fuerzas exteriores a ellas mismas.
De acuerdo con las ideas de Locke, podemos tener una ciencia de la mente humana análoga a la ciencia de la naturaleza física. Esto implica el presupuesto de que los elementos mentales son análogos a las partículas físicas y el presupuesto de que explicar toda realidad compleja consiste en descomponerla en sus elementos simples.
La concepción "newtoniana" de la mente fue elaborada en el siglo XVIII por Condillac, quien ambicionaba ser "el Newton de la psicología", y, en el siglo XIX, por los asociacionistas ingleses James Mill y John S. Mill, Alexander Bain y otros, en Alemania por Wundt y Helmholtz, en Rusia por los pavlovianos y, más tarde, en Norteamérica por Watson y sus seguidores. Aunque posteriormente se comenzó a hablar más de conducta que de mente, la concepción básica, positivista, del hombre y de la ciencia permaneció inalterada. La ciencia explica reduciendo todo a elementos y a las leyes de la interacción de éstos, y el hombre ha de explicarse por medio de la reducción a sus elementos mentales o conductuales y a las leyes de su asociación. El representante contemporáneo más conocido de la doctrina "newtoniana" sobre el hombre y de las "formas lockianas de psicología", como las llama Allport, es B. F. Skinner, quien no hablaba de ideas sino en sus conversaciones privadas, pero cuyo sistema teórico de base pertenece decididamente al siglo al XIX.
Creemos de gran importancia hacer notar el hecho de que tanto tiempo después de que las ciencias físicas –aguijoneadas por Einstein, Planck y Heisenberg–, dejaron de lado la explicación elementalista de la naturaleza física y rechazaron los "absolutos" newtonianos, haya psicólogos que insisten en que una explicación psicológica adecuada del hombre consiste en reducir lo complejo a lo simple; y que lo que ya no es válido para explicar los cuerpos estáticos e inermes de la física, lo sea para dar razón plena de la vida y conciencia de los seres humanos. También es muy sugerente el hecho de que Wertheimer y Köhler, fundadores de la escuela de la Gestalt, diametralmente opuesta a esta concepción, hayan sido, el primero, gran amigo de Einstein y, el segundo, discípulo de Max Planck.
Hay que hacer notar también que el conductismo actual no ha permanecido estático, sino que se ha ido alejando bastante de las posiciones rígidas que mantuvo en los primeros tiempos. Sigmund Koch –quien ha sido considerado el organizador del estudio más comprehensivo de la psicología del siglo XX (1959, 1963)–, "no dudó en predecir la muerte del conductismo clásico como estrategia viable para la investigación sobre la conducta humana" (Tageson, 1982, pp. 6-7). El conductismo clásico ha ido abandonando el "modelo ratomórfico" y se ha ido adhiriendo al "modelo computacional" por medio de la psicología cognitiva.
Es cierto que, al asimilar la psicología cognitiva, ésta le abrió el estrecho espectro que tenía el conductismo; sin embargo, "la psicología cognitiva, en lugar de describir y reflexionar sobre la vida psicológica de las personas, va adelante tomando conceptos prestados de la ciencia computacional, de la ciencia de las comunicaciones y de la neurociencia "fisiológica", todos los cuales se refieren ya sea a los sistemas físicos, ya a los sistemas formales lógico-matemáticos" (Wertz, 1998, p. 54).
Por todo ello, Koch "es de la opinión que, al adherir a un paradigma que ya no prevalece ni siquiera en las ciencias naturales, el conductismo mismo es una causa perdida" (Tageson, 1982, p. 126).
Sin embargo, la misma psicología cognitiva, en años recientes, ha comenzado a estudiar procesos complejos –como la creación artística y otros– y ha encontrado que el modelo computacional es insuficiente para explicar estos procesos mentales de mayor nivel de complejidad (Polkinghorne, 1994, p. 111).

Concepción darwiniana del hombre

La concepción newtoniana del hombre es esencialmente estática y, en su forma extrema, es una doctrina ambientalista. Concibe al hombre en esencia como nada, inicialmente como unatabula rasa in qua nihil scriptum est, plasmada, posteriormente, por fuerzas externas a sí misma. Los darwinianos, en cambio, "descubrieron" que la conducta humana podría estar movida desde adentro.

También en este caso debemos afirmar que Darwin no fue "darwiniano"; en cambio si fue plenamente "newtoniano", pues dedicó su esfuerzo de por vida a introducir la biología, y eventualmente la psicología, en el reino de la ley natural. La obra básica de Darwin, Origin of Species (1859), está presentada en términos estrictamente newtonianos; no hay allí lugar alguno para la teleología ni para eventos no causados. Fueron los "darwinianos" –y quizá en contra de la voluntad del mismo Darwin– quienes reintrodujeron cierta teleología.
Darwin argumentaba, en lenguaje aristotélico, que las causas finales, es decir, la aparente direccionalidad de los procesos vitales, pueden ser explicados plenamente en términos de las simples causas material y eficiente.
Darwin propuso la variación al azar y la selección natural como elementos explicativos suficientes. Lógicamente, ésta era una doctrina estrictamente newtoniana, no teleológica. Sugería que el mundo de la vida, como el de la materia, podía seguir adelante sin asistencia de divinidad alguna.
Sin embargo, la misma terminología usada por Darwin facilitó la entrada de la teleología. Efectivamente, él hablaba de selección natural; pero era difícil pensar en una naturaleza que selecciona sin revivir la concepción de la Naturaleza (con N mayúscula) del siglo XVIIIque era una especie de sustituto de Dios.
Así pues, la concepción darwiniana del hombre, aunque esencialmente mecanicista, contenía una velada teleología. El hombre darwiniano no es una masa inerte, manipulado por fuerzas externas a él mismo; es un organismo autopropulsado, con sus propias metas, implícita o explícitamente establecidas, que se ajusta a un ambiente que también ha seleccionado de alguna manera él mismo (MacLeod, 1970).
La psicología instintivista de McDougall sigue particularmente esta línea de pensamiento y habla de instintos humanos derivados de sus antepasados animales. Pero quien ha llegado a ser el más exitoso de los darwinianos de este siglo es, sin duda alguna, Freud con su doctrina psicoanalítica basada en los instintos primitivos como fuentes primarias de la motivación humana. Para Freud, el hombre era el producto de poderosas y dañinas fuerzas biológicas regidas por las historia pasada de cada individuo. Freud, incluso, había confiado en reducir la conducta humana a fórmulas físico-químicas.
Sin embargo, hay freudianos más o menos ortodoxos que han propuesto diferentes sustitutos para los instintos: reflejos prepotentes, impulsos, necesidades básicas, deseos, propensiones, etc., y que nos piden que miremos hacia atrás, si no a la historia racial, al menos a la primera historia individual, para poder encontrar una explicación de la conducta del hombre.
También aquí hay un reduccionismo, aunque más mitigado que el de los newtonianos. Mientras que éstos reducen los altos niveles de la vida humana al comportamiento de las partículas elementales, los darwinianos lo reducen a los orígenes individuales o raciales.
Con todo esto no se quiere afirmar que todos los seguidores, conscientes o no, de la concepción "newtoniana", por un lado, o de la "darwiniana", por el otro, deban confundirse automáticamente con la orientación filosófica que subyace en cada una.
Sin embargo, es necesario señalar muy claramente que existen ciertos linderos o puntos diacríticos, cuya aceptación o rechazo ubican a un pensador en una corriente psicológica determinada. Así, por ejemplo, Allport, al comentar la posición sostenida por los psicólogos "neofreudianos" del yo, que reconocen claramente una "autonomía del yo", señala que "esto equivale a volver del revés la psicología freudiana tradicional" (1966, p. 261). Evidentemente, reconocer que existen, como dicen ellos, "funciones del yo libres de conflicto" es aceptar que vivimos nuestra vida, por lo menos en parte, de acuerdo con nuestros intereses, valores, planes o intenciones conscientes, y que nuestras motivaciones son autónomas (por lo menos relativamente) respecto de las presiones, impulsos, instintos y situaciones ambientales. En fin de cuentas, el mismo Freud fue siempre una figura que osciló entre dos tradiciones: la de la ciencia y la de las humanidades.
Igualmente, Koch, al describir las tres fases por las que ha pasado el conductismo (conductismo clásico, neoconductismo, neo-neoconductismo), habla de este último como de quien ha perdido su carácter distintivo. Efectivamente, cita a Guthrie que dice: "nosotros nos descubrimos y sorprendemos a nosotros mismos describiendo inevitablemente los estímulos en términos perceptuales", es más, "es... necesario que tengan significado para el organismo respondiente" (1974, p. 17).
Por lo tanto, Guthrie reconoce que estímulos muy diferentes pueden dar origen a las mismas percepciones y, viceversa, el mismo estímulo puede producir percepciones muy diferentes: con la misma imagen en la retina, un sujeto ve un conejo y otro ve un antílope. Ahora bien, dos grupos cuyos miembros tienen percepciones sistemáticamente distintas al recibir el mismo estímulo, viven, en cierto sentido, en mundos diferentes. Yde una manera mucho más abierta, recientemente, Bandura (1974, 1978) habla de "discernimiento", "conciencia", "pensamiento", "elección", "autodirección", "libertad", "responsabilidad" y otros conceptos que de ningún modo pueden entenderse dentro del marco de referencia en que se ubica el paradigma conductista.
Creemos que en ambos casos los nombres neofreudiano y neo-neoconductista señalan un punto de partida, más que una designación de la posición actual que tales corrientes sostienen, pues el punto diacrítico determinante que diferencia el freudismo y el conductismo de la posición que mantiene la psicología humanista es la aceptación del determinismo y el rechazo de la libertad humana. Pero en los dos casos señalados –psicólogos del yo y neo-neoconductistas– hay una aceptación implícita y, a veces, explícita de un nivel más o menos amplio de la autodeterminación en la conducta humana. Por lo tanto, en la medida en que acepten la libertad humana (con las inherentes e inseparables secuelas que ella trae) deberán ser considerados como psicólogos de orientación humanista más que bajo cualquier otra denominación.

Caracterización de la
concepción humanista del hombre

Berelson y Steiner publicaron en 1964 un estudio sobre 1045 investigaciones científicas relacionadas con la conducta humana, y concluyeron que la imagen del hombre que emerge de ellas es "incompleta". He aquí sus palabras:

A medida que uno vive la vida o la observa a su alrededor (o dentro de sí mismo) o la encuentra en una obra de arte, ve una riqueza que de alguna manera cayó a través del presente tamiz de las ciencias de la conducta. Este libro, por ejemplo, tiene muy poco que decir sobre los siguientes aspectos humanos centrales: nobleza, coraje moral, tormentos éticos, delicada relación de padre e hijo o del estado matrimonial, estilo de vida que corrompe la inocencia, rectitud o no rectitud de los actos, malignidad humana, alegría, amor y odio, muerte y el mismo sexo (Misiak, 1973, p. 110).

La psicología humanista es una reacción contra este estado de cosas y las orientaciones psicológicas responsables de las mismas; es un movimiento contra la psicología que ha dominado la primera mitad de este siglo, y que se ha caracterizado como mecanicista, elementalista y reduccionista.
Ciertamente, todos los aspectos arriba señalados (y otros más, como la conciencia, la reflexión, la libertad, la creatividad, los valores, los ideales, el goce y disfrute del arte, etc.) son, como dicen los autores, aspectos centrales de la vida humana y, como tales, exigen una metodología de estudio que no los deje escapar por su tamiz.
El objetivo básico de este capitulo, al señalar la gran riqueza de la naturaleza del hombre, es enfatizar claramente que el estudio de la misma exige métodos más sensibles y adecuados que los comúnmente utilizados, los cuales, hasta ahora, han sido extrapolados de las ciencias naturales.
Aunque en el ambiente de la psicología americana la orientación humanista es muy reciente, en Europa tuvo sus orígenes con Leibnizy sus raíces se remontan hasta las doctrinas del intelecto activo de Aristóteles y Santo Tomás. Leibniz, contemporáneo de Locke, se enfrentó a la teoría de la tabula rasa de éste. La tesis básica de Locke sostenía que nihil est in intellectu nisi prius fuerit in sensu (nada puede haber en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos). A esto Leibniz agrega un complemento desafiante: excipe, nisi ipse intellectus (a excepción del mismo intelecto). Para Leibniz el intelecto está perpetuamente activo por derecho propio y es autoimpulsado. Franz Brentano, la Escuela de Würzburg, Ehrenfels, el movimiento de la Gestalt, Diltheyla filosofía fenomenológica y existencial y la "segunda generación" de teóricos psicoanalistas enriquecieron ampliamente las ideas de Leibniz.
Como señala Matson (1981), "sin los antecedentes y precedentes europeos, es muy dudoso que alguna de las versiones estadounidenses del humanismo psicológico se hubiera desarrollado en absoluto" (p. 298). Y no sólo el humanismo psicológico, sino toda la psicología: el comercio transatlántico ha sido siempre en una sola dirección, pues, como bien señala Allport (1988):

Hemos recibido de Europa casi todos nuestros conceptos clave. Con dedos cuidadosos hemos tomado las actitudes de Würzburg, el condicionamiento de Leningrado, las manchas de tinta de Zurich, el gestaltismo de Berlín, el subconsciente (así como el neopositivismo) de Viena, el cociente intelectual de Breslau y de París, la estadística de Inglaterra y la patología de Francia. A éstos les hemos agregado la rigidez de un método tieso, una pizca de nuestro pragmatismo y un destello de optimismo. Nos hemos dedicado incluso a la cohabitación conceptual de unir el psicoanálisis con el concepto de estímulo-respuesta, así como con el concepto de cultura; también hemos unido a Pavlov con la psicoterapia, sin mencionar al existencialismo con Elvis Presley (p. 22).

Los aspectos característicos de la concepción humanista del hombre, que se señalan a continuación, son algunos de los puntos que más resaltan, de acuerdo con una visión y experiencia personal. Ciertamente, hay otros y, quizá, de mayor importancia para otras personas. Estas características son aquellas que hemos encontrado y vivido más frecuentemente y en forma más intensa, a lo largo de muchos años de actividad pedagógica, asesoramiento psicológico y relación psicoterapéutica. Muchas de ellas han sido descritas y enfatizadas de diferentes maneras por autores representativos de la orientación humanista: G. Allport, C. Rogers, A. Maslow, R. May, M. Buber, G. Kelly, Ch. Bühler, S. Jourard, K. Goldstein, J. Nuttin, H. Murray, G. Murphy, K. Horney, E. Fromm, F. Perls, C. Moustakas, V. Frankl y otros.
El hecho de que estas características se presenten separadamente se debe sólo a que es imposible hablar de todas al mismo tiempo; pero, por su naturaleza, se sobreponen, se entrelazan y poseen una fuerte interacción, de tal manera que al pensar en una hay que tener siempre presente la realidad de las demás.
  

El hombre vive subjetivamente

Charles Dickens, al hablarnos de los miembros del Club Pickwick, señala que se habían reservado el derecho de dar significados especiales a las palabras comunes. Quizá ésta fue una anticipación de la tesis fundamental de la psicología fenomenológica.
Quiérase o no, consciente o inconscientemente, los sentimientos, emociones y percepciones de toda persona están llenos de elementos y matices que los hacen muy personales y, cuando trata de describirlos con palabras, sentirá que nunca le puede hacer plena justicia.
El hombre comienza su labor cognoscitiva tomando conciencia de su mundo interno experiencial, de sus vivencias, de su Erlebnis; se puede decir que "en el principio de la vida humana como tal existe la toma de conciencia"Percibimos el mundo externo de acuerdo con nuestra realidad personal y subjetiva (nuestras necesidades, deseos, aspiraciones, valores, sentimientos, etc.), es decir, con un enfoque "de-adentro-hacia-afuera".
Ésta es una realidad de la que el hombre no puede escapar. Ya Descartes y San Agustín fueron conscientes de ello. El cogito, el sentio, el dubito, son una afirmación de la tesis que sostiene que antes de poder alcanzar cualquier conocimiento seguro tenemos que escrutar nuestra experiencia del conocer, y que el mundo externo forma parte de esta experiencia interna. La psicología humanista rechaza el punto de partida de la ciencia tradicional que comienza con el presupuesto de la existencia de un mundo objetivo externo, del cual el hombre es una parte. Esto podrá ser un punto de llegada, pero jamás de partida.

La persona está constituida
por un núcleo central estructurado

Sin un núcleo central estructurado –que puede ser el concepto de persona, el yo el sí mismo– resulta imposible explicar la interacción de los procesos psicológicos. "La memoria –dice Allport– influye en la percepción y el deseo en la intención, la intención determina la acción, la acción forma la memoria y así indefinidamente" (1966, p. 642).
El estudio de este núcleo central resulta muy esquivo a toda observación, pues implica un acto reflejo en sentido total: el yo trata de conocer su propia naturaleza, aun en ese mismo acto de autoconocimiento.
Este proceso da lugar a un fenómeno psíquico análogo al efecto que se produce en una sala con espejos paralelos, donde las imágenes de las imágenes se multiplican, teóricamente, en número infinito y, prácticamente, en un número inalcanzable para nuestra observación. William James decía que querer aprehender plenamente el yo en la conciencia es como intentar pisar la sombra del propio cuerpo.
Este núcleo central parece ser el origen, portador y regulador de los estados y procesos de la persona. Efectivamente, no puede haber adaptación sin algo que se adapte, ni organización sin organizador, ni percepción sin perceptor, ni memoria sin continuidad de sí mismo, ni aprendizaje sin cambio en la persona, ni evaluación sin algo que posea el deseo y la capacidad de evaluar.
Allport escogió el vocablo latino proprium para denominar este núcleo central y trata de ilustrar con un ejemplo cómo coexisten y se fusionan en nuestra experiencia cotidiana los siete aspectos que, según él, lo constituyen:

Suponga el lector que se halla sometido a un examen difícil y de gran importancia para él. Se dará cuenta, indudablemente, de cuán rápidamente le late el corazón y le parecerá que se le revuelve el estómago (sí mismo corporal); también se dará cuenta de la significación del examen en relación con el pasado y el futuro (identidad de sí mismo), de cuánto afecta el amor propio (estima de sí mismo), de lo que el éxito o el fracaso pueden significar para la familia (extensión de sí mismo), de sus esperanzas y aspiraciones (imagen de sí mismo), de su papel en cuanto solucionador de problemas en el examen (agente racional) y de la relación de la situación global con los objetivos a largo plazo (esfuerzo orientado). En la vida real, en la práctica, es de regla la fusión de los estados del proprium. Y tras estos estados experimentados del sí mismo tendrá algunos atisbos indirectos del propio sujeto como conocedor (1966, p. 172).

El hombre está impulsado por una tendencia hacia la autorrealización

La tendencia hacia el pleno desarrollo físico en el ser humano es sumamente patente; es natural, constante y eficaz, mientras no se opongan obstáculos externos; esta tendencia es natural y propia de todos los organismos vivos, y tiene una dirección clara que persigue sistemáticamente: llevar a cada uno de los órganos físicos y al organismo en su totalidad hacia una plena madurez estructural y funcional. Este proceso requiere de ciertas condiciones ambientales indispensables de nutrición, así como de la ausencia de posibles obstáculos para que sea armónico y llegue a feliz término.
El enfoque humanista considera que la naturaleza humana no puede ser una maravilla en su desarrollo físico y un caos en el desarrollo psíquico. Por el contrario, sostiene y prueba la tesis de que hay un pleno paralelismo entre ambos aspectos. Esta tendencia es un principio teleológico, una causa final, una fuente direccional intrínseca, y ha recibido varios nombres: "tendencia actualizante" (Rogers), "tendencia hacia la autorrealización" (Goldstein), "tendencia hacia la autoactualización" (Maslow), etc. En su esencia consiste en un impulso natural a actualizar, mantener y mejorar el desarrollo y vida del organismo viviente; en el fondo, es la esencia de la misma vida. Rogers le da tanta importancia a esta tendencia básica y fundamental que llega a afirmar: "me parece posible que esta hipótesis pudiera constituir una base sobre la cual pudiéramos construir una teoría para la psicología humanista" (1980a, p. 133); "esta tendencia actualizante es el único motivo que se postula en este (mi) sistema teórico" (1959).
El hombre muestra capacidad, y también deseo, de desarrollar sus potencialidades. Parecería que esto se debiera a una motivación suprema: una necesidad o motivo fundamental que orienta, da energía e integra el organismo humano. Este impulso natural lo guía hacia su plena autorrealización, lo lleva a organizar su experiencia y, si lo puede hacer en ausencia de factores perturbadores graves, esta organización se orientará en el sentido de la madurez y del funcionamiento adecuado, es decir, en el sentido de la conducta racional y social subjetivamente satisfactoria y objetivamente eficaz.
Quizá el área donde más claramente se puede observar esta tendencia básica hacia la autorrealización es en la experiencia terapéutica. Cuando el terapeuta trata de ayudar y facilitar a una persona la remoción de obstáculos negativos que están deteniendo este proceso, ofreciéndole un clima vivencial plenamente auténtico y genuino, una comprensión empática profunda y una aceptación y aprecio incondicionales –como se hace en la orientación rogeriana (enfoque centrado en la persona)–, inmediatamente se desencadena un proceso reorganizador y reestructurador, que parecía oprimido, y la persona comienza a sentirse diferente: libre, ágil, feliz y segura de sí misma.
Si este clima benéfico perdura, el proceso señalado continúa y, después de cierto tiempo, la persona dará todos los signos de una vida humana normal.

El hombre es más sabio que su intelecto

Aunque ésta es una expresión de Rogers, es compartida por todo psicólogo humanista. Es frecuente definir al hombre como un "animal racional" (Aristóteles)Se considera su inteligencia, su razón y su lógica como la nota distintiva. Cuando no sigue este camino o, mejor, cuando va en contra de él, se dice que el hombre procede en forma irracional. Pero el ser humano puede también seguir un tercer procedimiento, que no es racional ni irracional, sino simplemente arracional, y constituye otra dimensión de la vida humana. Se puede observar frecuentemente este proceder en el compromiso total con una fe, una religión, una filosofía, una vocación, etc., y, en general, casi siempre que hay juicios de valor.

Ahora bien, en la orientación humanista se afirma que este camino puede ser más sabio que la misma vía racional. Cuando un individuo está libre de mecanismos defensivos, actúa espontáneamente, observa y ausculta todas las reacciones de su propio organismo, dispone de un cúmulo inmenso de conocimientos que el organismo procesa, a veces, inconscientemente y genera conclusiones que se le presentan como intuiciones. Estos juicios pueden ser más sabios que el pensamiento consciente, tomado en sí mismo, ya que el carácter racional del hombre le lleva, a veces, a negarse a sí mismo y a desconocer aquella parte que se presenta con una aparente incoherencia.
Parece que esta confianza en la reacción total del propio organismo, y no sólo en la propia mente, tiene mucha relación con la creatividad. Einstein, por ejemplo, al tratar de explicar cómo se fue acercando hacia la formulación de la teoría de la relatividad, sin ningún conocimiento claro de su meta, expresa que confiaba en la reacción de su organismo total:

durante todos aquellos días existía un sentimiento de dirección, de ir derecho hacia algo concreto. Es muy difícil expresar aquel sentimiento con palabras; pero ése era decididamente el caso, y debedistinguirse claramente de las consideraciones posteriores sobre la forma racional de la solución (en: Rogers, 1965b, p. 23).

El enfoque de este tipo de funcionamiento racional, total, intuitivo y organísmico, va muy de acuerdo con la filosofía oriental: es un aspecto central del pensamiento Taoísta, como también es parte de la orientación Zen. Ellos señalan que "la mente verdadera no es ninguna mente", algo ciertamente desconcertante para la mentalidad occidental. También va de acuerdo con los nuevos conocimientos de la neurociencia actual, la cual señala que el sistema cognitivo (los dos hemisferios) y el afectivo (el sistema límbico) no son independientes uno de otro, sino que forman un suprasistema de orden superior que integra la razón y el sentimiento. Ya Pascal había señalado mucho antes que "el corazón tiene razones que la razón no entiende".

El hombre posee capacidad de conciencia y simbolización

Al contemplar la naturaleza, el paso de los seres inorgánicos a los orgánicos, a las plantas, a los animales, al hombre, se observa una gradación en la cual el ser primigenio se va inclinando, cada vez más, sobre sí mismo con grados más altos y dimensiones siempre nuevas, hasta comprenderse y poseerse íntegramente en el hombre. En cada uno de esos pasosaparece una diferencia radical, esencial o, como decían los autores clásicos, una diferencia que implica una "metábasis eis állo génos" (transición a otro género).
Como ya señalamos al hablar del núcleo central del ser humano, el hombre posee la capacidad de autorrepresentarse. Esta posibilidad de contemplarse a sí mismo desde afuera, de autoproyectarse, de autoduplicarse, de autorreproducirse, esta capacidad de tomar conciencia plena de sí mismo es una característica distintiva del hombre y es la fuente de sus cualidades más elevadas.
Esta capacidad le permite distinguirse a sí mismo del mundo exterior, le posibilita vivir en un tiempo pasado o futuro, le permite hacer planes para el porvenir, utilizar símbolos y usar abstracciones, verse a sí mismo como lo ven los demás y tener empatía con ellos, comenzar a amar a sus semejantes, tener sensibilidad ética, ver la verdad, crear la belleza, dedicarse a un ideal y, quizá, morir por él. Realizar estas posibilidades es ser persona.
Como el proceso de toma de conciencia y su simbolización es tan importante en el hombre, la distorsión del mismo trae graves consecuencias: puede conducir a una neurosis o psicosis, a reacciones paranoicas de sospecha y odio, así como a extremos de crueldad y aberraciones sexuales. Pero si el ambiente social en que se desenvuelve una persona es agradable, no amenazante, pacífico y acogedor, se desarrollará en la misma un movimiento que deja de usar todo tipo de defensas perceptivas, no distorsionará la realidad y tendrá una gran apertura hacia sus auténticas vivencias. Esto le llevará a ser más hábil en escucharse a sí mismo, a captar y simbolizar mejor sus sentimientos de miedo y pena, de ternura y valor, y la amplia gama de vivencias profundas con sus infinitos matices. Esta conciencia no distorsionada de lo que vive y siente, esta apertura plena a las propias vivencias y su correcta simbolización, conducirá inevitablemente a una vida más sensible con un radio de acción más amplio, de mayor variedad y riqueza personal.

Capacidad de libertad y elección

El problema de la libertad siempre ha tenido un mayor enredo y confusión de conceptos y de términos, y es natural que así sea debido a la autorreferencia que implica.
La conciencia es el alfa y omega de la libertad: el conocimiento y reconocimiento de la necesidad constituye un verdadero proceso de liberación que el ser humano puede llevar a cabo respecto a la "naturaleza".
Cuanto más se estudia detenidamente el problema de la libertad en el hombre, más fácilmente es posible percatarse de la paradoja y contradicción epistemológica que implica la refutación de la misma. La tesis básica del determinismo afirma que todo lo que el hombre piensa, cree o hace está determinado por fuerzas que están más allá de su control. Si piensa algo es porque tiene que pensarlo; si cree algo es porque tiene que creerlo, y si hace algo es porque tiene que hacerlo. Si esto fuera cierto, se seguiría que ningún conocimiento o comprensión de la realidad externa sería posible para el hombre. Efectivamente, las acciones y el contenido de la mente estarían determinados por factores que no tendrían nada que ver con la razón ni con la lógica y, por lo tanto, nunca conocería si sus conclusiones son verdaderas o falsas. Esta afirmación negaría la posibilidad de que el hombre pueda conocer, lo cual es una autocontradicción.
Si todos los pasos que da un científico están plenamente determinados por factores que no puede controlar, ¿cómo podría llevar a cabo un experimento significativo? En efecto, necesita conocer no solamente las medidas que tiene que tomar, sino ser libre de hacer las observaciones pertinentes y realizarlo todo de acuerdo con el plan establecido, sin interferencias externas. Hebb, por ejemplo, un conductista clásico, dice sin ambages, que "la única esperanza de que la psicología siga siendo científica es suponer que el hombre es básicamente un mecanismo" (1966, pp. 7-8). Habría que oír a este autor explicando cómo un mecanismo, un robot o un autómata, estudia "científicamente" y "comprende" a otro similar.
El determinismo es una teoría cuyo clamor por la verdad es incompatible con su mismo contenido. Lejos de ser necesario para la existencia de la ciencia, más bien, la haría imposible. El argumento ad hominem es más que suficiente para apoyar y avalar la refutación del determinismo absoluto.
Por otro lado, el determinismo haría totalmente inexplicable toda una serie de realidades humanas como la responsabilidad, la imputación, la culpa, el arrepentimiento y, en general, toda la ética, el derecho y la jurisprudencia. Ante el atropellamiento, por ejemplo, de un peatón, por parte de un conductor descuidado, la autoridad policial debiera detener tanto a éste como a su automóvil: ambos serían igualmente "responsables". Tampoco tendrían ningún sentido la educación, la terapia u otras actividades culturales o sociales, ya que los acontecimientos seguirían siempre y necesariamente el propio curso.
Algunos autores, ante este fatalismo lógico e inevitable que se sigue rigurosamente de la negación de la libertad, hablan de un "determinismo parcial", entendiendo con este concepto los "actos no enteramente determinados por eventos anteriores" (Berlin, 1968, p. 680). Evidentemente, esto es un contrasentido: si hay actos que no están totalmente determinados por los eventos anteriores, no están determinados en absoluto. No hay un término medio.
Cómo es que el hombre es libre en un mundo físico sometido, en gran parte, a leyes deterministas, es ciertamente un misterio metafísico, pero no más misterioso de lo que podría ser su ilusión de libertad si su conducta fuera plenamente determinada. Por otro lado, todo hombre tiene clara conciencia de sí mismo como ser libre.

Sin embargo, la libertad de que goza el hombre no es absoluta; hay grados de libertad. Si sólo poseo dos opciones o conozco dos soluciones, únicamente tendré un grado de libertad. Pero si tengo muchos conocimientos relacionados con la situación en que me encuentro, si poseo una amplia educación y cultura y una extensa experiencia, tendré más grados de libertad y mi acción posible será más libre.
Cuando una persona llega a la terapia, generalmente presenta un cuadro de falta de libertad y se describe a sí misma como "manejada", "conducida", incapaz de conocer o elegir lo que quiere, y experimenta diferentes grados de insatisfacción, tristeza, conflicto o desesperación. Pero, a medida que la terapia avanza, se advierte un proceso que va del condicionamiento, control, rigidez y estaticidad hacia la fluidez y flexibilidad, hacia la espontaneidad y la libertad.
El nivel y los grados de libertad aumentan a medida que la persona se abre y acepta sus vivencias, a medida que la persona es ella misma y da entrada y hace accesibles a su conciencia todos los conocimientos disponibles relacionados con la situación: las demandas sociales, sus complejas necesidades y conflictos posibles, sus memorias de situaciones similares, su percepción de la singularidad de la situación presente, etc. Se podría decir que en la terapia se constata en forma paradigmática la naturaleza, dinámica y desarrollo de la libertad humana.

El hombre es capaz de una relación profunda

Spinoza afirmó: "el hombre es un animal social". Los pensadores existencialistas han puesto un énfasis particular en los dilemas que vive el hombre contemporáneo en una sociedad de masas y estandarizada, en la cual se siente enjaulado, alienado y deshumanizado.
En esa situación, aunque rodeado de gente por todas partes, el individuo se siente solo ante su propia existencia, que le obliga a encarar sus dudas, miedos y ansiedades, y busca la compañía de los demás solamente como un medio para superar su soledad. Así, esta tendencia, natural en el hombre, se ve aumentada en los últimos tiempos. Esa tendencia se presenta como positiva y constructiva en sí; pero también puede llegar a ser negativa y destructiva cuando es una consecuencia reactiva de la frustración de necesidades básicas.
Donde mejor puede observarse la verdadera naturaleza de esta característica es en el proceso de crecimiento humano (educación) o en el proceso de reconstrucción humana (psicoterapia): en este contexto, es fácil observar que el ser humano está sediento de relaciones auténticas y profundas, de relaciones humanas donde pueda ser él mismo en todas sus dimensiones y aceptado plenamente como es, sin que se le utilice para cualquier tipo de diagnóstico, evaluación o análisis y sin que se le pongan barreras cognoscitivas o emocionales.
Martín Buber describe esta relación profunda, de persona a persona, como una relación "yo-tú", es decir, una mutua experiencia de hablar sinceramente uno a otro como personas, como somos, como sentimos, sin ficción, sin hacer un papel o desempeñar un rol, sino con plena sencillez, espontaneidad y autenticidad. Este autor considera que ésta es una experiencia que hace al hombre verdaderamente humano, que no puede mantenerse en forma continua, pero que si no se da de vez en cuando, el individuo queda afectado seria y negativamente en su desarrollo. Es más, Karl Marx –en sus Tesis sobre Feuerbach, y como veremos en el capítulo 12– considera que "la esencia del hombre no es una abstracción inserta en cada ser humano, sino que, en su auténtica realidad, es el integración de las relaciones sociales".
Este tipo de relación es la que constituye la mejor forma educativa y, cuando ésta ha fallado, la mejor práctica terapéutica. En su más feliz realización, esto da la sensación a sus participantes de haber vivido un momento fuera del tiempo y del espacio, algo similar a un sentimiento de trance del cual se sale como de un túnel y se regresa a una vida cotidiana completamente distinta.

El hombre es capaz de crear

Si es cierto que en algunos animales se pueden observar procesos ínfimos de pensamiento o rudimentos del fenómeno de la conciencia, de ninguna manera se les puede atribuir la característica típicamente humana de la creatividad. En efecto, el pensamiento y la conciencia se hallan, en condiciones normales, en todo representante de la especie humana; en cambio, la creatividad es una dotación que aparece especialmente en sus miembros más selectos y destacados en una u otra área de la actividad: artes, ciencias, filosofía, etc. Es más, se distingue claramente de la inteligencia y del cociente intelectual que miden muchos tests, ya que éste tiene una alta correlación con el pensamiento "convergente", mientas que la creatividad correlaciona altamente con el pensamiento "divergente", abierto, que ve los viejos problemas en forma nueva.
Torrance puntualiza que el pensamiento creativo consiste en el proceso de percibir elementos que no encajan o que faltan, de formular ideas o hipótesis sobre esto, de probar estas hipótesis y de comunicar los resultados, tal vez modificando y volviendo a probar la hipótesis. El Premio Nobel de medicina Szent-Györgyi dice que "el pensamiento creador consiste en ver lo que todo el mundo ve y pensar lo que nadie piensa". De esta manera, la realización creativa tendría un carácter novedoso y original, podría ser más o menos extraordinaria y, de alguna manera, enriquecería con su aporte a la sociedad y a la cultura.
También hay formas menores de creatividad, quizá cualitativamente diferentes de las realizaciones extraordinarias, algo que se da en cada persona humana en diferentes formas: un escaparatista, un técnico en publicidad, un diseñador de automóviles, un creador de modas o un estudiante normal pueden ser frecuentemente creativos en ese nivel. Siempre que el producto logrado sea algo nuevo y desconocido para quien lo realiza (ya sea una actividad de imaginación, una síntesis mental, la formación de un sistema nuevo o una nueva combinación de informaciones o realidades ya conocidas), podría considerarse como fruto de un proceso creador. La gran dificultad que ha existido siempre en dar una explicación satisfactoria del proceso creador, da razón de las interpretaciones de tipo místico y parametafísico a que se acudió frecuentemente: inspiración, iluminación, estado de trance, ruego a las musas, etc.
Parece ser que, en gran parte, los procesos creativos se dan al margen de la dirección del yo y que, incluso, requieren de una renuncia inicial al orden. Cuando las personas creadoras tratan de describir cómo lograron determinada realización, frecuentemente dicen que la idea se les ocurrió "de golpe", "sin hacer nada", "como por inspiración", "mientras no pensaban en el problema", "como una gran intuición", "como un rayo de claridad deslumbrante", etc.
Sin embargo, a veces, el proceso creativo se presenta apremiante y la persona se siente literalmente acosada por sus ideas y tiene que atenderlas. El poeta "tiene que escribir", el pintor "tiene que pintar" y el músico "tiene que" proyectar sus ideas en notas. Si lo que está en juego es la solución de un problema, entonces puede ir acompañado de un sentimiento de tensión y desasosiego.
En todo caso, una vez obtenido el resultado, se produce un estado y sentimiento de alivio y, con frecuencia, profundas vivencias emocionales de felicidad.

El hombre busca un sistema de valores y creencias

Al analizar unas doscientas biografías, Charlotte Bühler (1967) observó que cada vida estaba ordenada y orientada hacia uno o varios objetivos. Cada individuo tenía algo especial por lo que vivía y trabajaba, un propósito principal, una misión, una vocación, una meta trascendente, que podía variar mucho de un individuo a otro. En cada persona existía un proceso evaluador interno que iba estructurando un sistema de valores, el cual, a su vez, se convertía en el núcleo integrador de la personalidad y formaba una filosofía unificadora de la vida.
Para Allport, "el valor es una creencia con la que el hombre trabaja de preferencia. Es una disposición cognitiva, motora y, sobre todo, profunda del proprium" (1966, p. 530).
La estructura de los valores que se buscan, la filosofía unificadora de la vida, la claridad de las metas y de los objetivos que se desean, van creciendo paralelamente con el nivel de madurez de cada persona y puede, como los demás aspectos de la personalidad, sufrir determinados retrasos. Los jóvenes frecuentemente "no saben lo que quieren", pero la persona adulta y madura debe saberlo. Lo que en un joven puede ser normal, no lo sería en personas mayores.
La búsqueda de valores en una persona no consiste en un examen de conceptos vagos e irrelevantes para su vivir cotidiano, sino en un esfuerzo continuo por encontrar significados profundos que validen su autoidentidad y que establezcan y apoyen los compromisos y las responsabilidades que toma: pueden estar referidos al campo filosófico, al científico, al moral y al religioso, etc.
En medio del cúmulo de incertidumbres, dudas y probabilidades que rodean al ser humano, es lógico que éste busque algunos puntos de anclaje, algunas certezas, alguna fe que le sirvan como guía que ilumina su camino o como bálsamo benéfico que mitigue las inevitables frustraciones y ansiedades que la vida engendra.
Lógicamente, en la medida en que determinada creencia brinda resultados y efectos satisfactorios se va afianzando en un individuo y, por el contrario, será separada del núcleo de valores o escépticamente rechazada cuando del hecho de seguirla se derivan consecuencias desastrosas o, simplemente, sin valor ni significación para el mismo.

Cada persona es un sistema de unicidad configurada

Escritores contemporáneos como Canning (1970), Fromm (1968), May (1967), Moustakas (1967) y Royce (1964) han descrito con gran detalle el dilema que encara el hombre moderno en su lucha por autonomía e individualidad, en medio del asolamiento de deshumanización, conformismo y encapsulamiento que produce la sociedad tecnológica.
El hecho de la individualidad, singularidad y unicidad de cada persona es algo sobradamente firme. Cada hombre es una creación única de las fuerzas de la naturaleza. Nunca hubo una persona igual a él ni volverá a haberla. Lo que sucede en las huellas digitales es extensible a muchos otros aspectos del ser humano y, sobre todo, a la unicidad de la persona que resulta de su conjunto configurado. Ya Aristóteles distinguió claramente entre los principios generales (koinaí àrchaí), que rigen la naturaleza de todos los seres, y los principios especiales propios (ídiaí àrchaí) de cada ser en particular, en los cuales se debe basar, y a los cuales vuelve, toda demostración relacionada con él.
El proceso seguido por la naturaleza en la formación de un nuevo ser humano, da una base biológica segura a su singularidad: cada uno de los 46 cromosomas lleva unos 30.000 genes, que son los portadores de los caracteres hereditarios. Ahora bien, el total de combinaciones que estos genes pueden formar (con sus posibles mutaciones), según calcula el gran biólogo Dobzhansky, "excede ampliamente el número total de átomos del universo entero. Es evidente que únicamente una mínima parte de todas las combinaciones posibles de genes ha sido realizada o será realizada en el mundo... Cada ser humano es portador de un genotipo único" (Allport, 1966, p. 21).
Es lógico que esta inconmensurable variabilidad genética, –aumentada todavía por la variabilidad estructural y bioquímica– determine una amplísima gama de diferencias en el temperamento, la motivación, la inteligencia, las emociones, la imaginación, la memoria y todas las funciones psicológicas. Las implicaciones que esto trae para el ejercicio de la medicina, la educación y la terapia son enormes, pues nadie es normal, es decir, nadie se halla en el término medio, más que en un reducido número de cualidades.
"Cada persona –señala Allport– se aparta en millares de aspectos del hombre medio hipotético. Pero su individualidad no es la suma del total de desviaciones de los promedios" (1966, p. 24). Cada individuo es un sistema de unicidad configurada. Por consiguiente, la ciencia y, en este caso, la psicología no puede contentarse con el estudio de las dimensiones comunes, como si la persona fuera un mero "punto de intersección de cierto número de variables cuantitativas" –como piensa Eysenck–, sin estructura interna ni coherencia ni sentido; la psicología debe enfrentar la verdadera naturaleza de la estructura personal, la mutua interdependencia e interacción de los sistemas parciales dentro del sistema entero de la personalidad.

Esta peculiar naturaleza del hombre como sistema de individualidad configurada, al lado de las demás características señaladas anteriormente, hacen ver que para una plena comprensión del hombre se requiere más de lo que cualquier ciencia empírica puede ofrecer. Y la inadecuación de esta ciencia implica, a su vez, que también son inapropiados los métodos y técnicas comúnmente utilizados, trasladados de las ciencias naturales y fundados en sus mismos presupuestos: una concepción newtoniana o darwiniana del hombre. Todo esto será objeto de un análisis riguroso y sistemático en los capítulos siguientes.
Leyendo a Shakespeare, Dostoievsky o San Agustín, frecuentemente se tiene la impresión de que estos hombres tuvieron una comprensión más profunda del ser humano que la que se encuentra en nuestros mejores libros de psicología. Quizá esto se deba precisamente a que estos escritores no atomizaron al hombre ni lo desintegraron en elementos para estudiarlo, sino que lo describieron vivo, en acción, en su totalidad y en los contextos concretos de lugar y tiempo.

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